Algo más sobre la Militancia de Investigación. Notas al pié sobre procedimientos e (in)decisiones.

Por Colectivo Situaciones

Publicado originalmente en Nociones Comunes, experiencias y ensayos entre investigación y militancia.

¿Qué quería decir, en términos prácticos, desde entonces y para nosotros, Militancia de Investigación? Que la política abandonaba al poder como imagen en la cual reconocerse y hallaba en el pensamiento un interlocutor más potente. Y que nuestro modo de pensar se emparentaba –precisamente– con prácticas. Que el pensamiento y la política dependían de la capacidad de experiencia, de implicancia, de encuentro. Y que el sujeto de conocimiento o de la acción política no podía ser concebido como trascendente respecto de las situaciones, sino que se nos hacía presente como el efecto de estos encuentros.

Hemos venido publicando otras intervenciones sobre investigación militante que podrían resultarte interesantes: Contra a deriva conservadora, é hora da pesquisa militante!Quer dizer, então, que a periferia é liberal?Apologia das armas. Do mal-estar acadêmico a um (re)encontro com a pesquisa militante.

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Algo más sobre la Militancia de Investigación. Notas al pié sobre procedimientos e (in)decisiones[1]

I.

El presente texto relata una historia real. Esa historia (como muchas otras historias contemporáneas) comienza con un mensaje, un mail. Lo firma Marta, de Madrid. Del grupo Precarias a la Deriva (de ahora en adelante PAD). El mensaje va dirigido al Colectivo Situaciones (de aquí en más CS). Nos pide un artículo, ni muy corto ni muy largo, sobre la experiencia que el colectivo viene realizando en Argentina. Más específicamente en Buenos Aires, aunque no sólo. “Concretamente –precisa–, lo que interesa es decir “algo más” sobre la figura del militante investigador, nombre que damos, en el colectivo, a nuestras actividades. Algo “más” no tanto sobre el concepto, sino sobre la práctica. “Sobre el contexto, sobre las dificultades, los saberes, los procedimientos, las nociones” dice Marta. “Porque –agrega– el texto Sobre el Método[2] deja aún muchas dudas sobre cuestiones concretas que involucran los talleres de trabajo”.

Marta sugirió que desarrollemos cuatro cuestiones fundamentales: “Decisión”, “conceptos”, “procedimientos” y “saberes” (“saberes-hacer”). Y para iniciar el intercambio nos fue contando cómo cada una de estas cuestiones puede relatar una dimensión de una experiencia: ella se refirió a la de las PAD.

Tratamos de entender. “Decisión”: alude a la(s) resolución(es) que fuimos tomando para producir y desarrollar la militancia de investigación (de ahora en adelante MI). Una historia. No tanto del CS como del modo en que desarrollamos la MI. “Conceptos”: se trata de mostrar un poco nuestra relación con las nociones que utilizamos. No tanto de explicarlas (lo que sería muy aburrido), sino de presentar algo de su operatividad en situaciones concretas. “Procedimientos”, es decir, profundizar en los procesos materiales que configuran como tal la actividad de la MI. Finalmente, están los “saberes hacer”, que refieren a la infinidad de saberes locales que posibilitan la creación y el desarrollo de los procedimientos.

Y bien. Esta tarea nos resultó –entonces y ahora– titánica. De hecho, sólo fuimos capaces de afrontarla muy parcialmente porque Marta estuvo dispuesta a sostener con nosotros una correspondencia más o menos regular sobre estas cuestiones[3]. Como producto de esta conversación se desplegaron, sobre todo, cuestiones ligadas a dos de los cuatro puntos propuestos: “decisión” y “procedimientos”, aspectos a los que daremos, entonces, aquí, la mayor centralidad.

Lo que sigue, entonces, es un intento de desarrollar el contexto y la caracterización de algunas facetas de la MI: no tanto a partir de una descripción histórico-política de nuestras circunstancias ni de una narración de las experiencias concretas que fuimos realizando (ambos aspectos están registrados parcialmente en nuestras publicaciones)[4], sino más bien a partir de los modos en que tales circunstancias (contextos, experiencias) fueron produciendo una trayectoria.

II.

El primer problema que encontramos al comenzar la correspondencia (y que alude a una cuestión fundamental de la MI) fue el de la comunicación. Y esto en varios sentidos.

En principio, está la cuestión de qué significa comunicar. Por un lado, claro, está la imposibilidad fundamental, insuperable, del carácter intransferible de la experiencia. Podemos contar “esto” y “aquello”. Incluso podemos contarlo “todo”, pero siempre hay algo que se escapa. Y además, hay puntos de vista que difieren. ¿Cómo reunirlos a todos? Y aún cuando esto pudiera lograrse, hay una intensidad de lo que ocurre que sólo puede captarse íntegramente “estando”, físicamente presente, subjetivamente implicado[5].

Por otro lado, ¿cómo comunicar lo que hacemos si no es –precisamente– haciendo?: es decir, ¿cómo transmitir una reflexión (palabra comprometida en una experiencia, en unas prácticas, en un pensamiento vivo) sobre la reflexión sin hacer una metateoría sobre nosotros mismos?

Y además, ¿cómo explicitar cada operación singular, en toda su precariedad, sin convertirla, en la misma exposición, en una técnica (Marta comparte la preocupación: “Baste pensar en todos los Métodos con mayúsculas y sus desastres”)?

En definitiva cuando rechazamos la palabra “comunicación” no lo hacemos en nombre de una incomunicabilidad confirmatoria de la dispersión “financiera” de la experiencia, sino como denuncia de los supuestos mismos de la “sociedad de la comunicación” que la acompaña. Si la ideología de la comunicación supone que “todo lo comunicable merece existir y todo lo que merece existir es comunicable” por el sólo hecho de que las tecnologías nos faciliten los medios para ello, lo que queda amputado es, precisamente, la afirmación de la vivencia (trama, constelación experiencial) que hace que la palabra requiera ser dicha. De aquí en adelante opondremos a la palabra “comunicación”, la de composición (o procesos de interacción, valorización colectiva, sistema de compatibilidades productivas), entendiendo por tal el trazo de un plano al interior del cual la palabra dice algo.

Finalmente, y lo que tal vez sea fácil de decir pero difícil de aceptar: ¿cómo relatar el hecho de que la MI no es el nombre de la experiencia de quien investiga sino el de la producción de un(os) encuentro(s) sin sujeto(s) o, si se prefiere, de un(os) encuentro(s) que produce(n) sujeto(s)? ¿Cómo admitir el hecho de que el CS no es sujeto de sus propias actividades, y que los encuentros en que se vio –afortunadamente– involucrado no fueron previstos, planificados ni implementados a voluntad de quienes escribimos este artículo? (volveremos sobre esto).

En una época en que la “comunicación” es máxima indiscutible, donde todo está ahí para ser comunicado, y todo se justifica por su utilidad comunicable, la MI refiere a la experimentación: no a los pensamientos, sino al poder de pensar; no a las circunstancias, sino a la posibilidad de la experiencia; no a tal o cual concepto sino a las vivencias a partir de las cuales tales nociones adquieren potencia; no a las identidades sino al devenir diferente; en una palabra: la intensidad no radica tanto en lo producido (lo “comunicable”) como en el proceso mismo de producción (lo que se pierde en la “comunicación”). ¿Cómo hacer, entonces, para decir algo de todo esto y no solamente exhibir los resultados de dicho proceso?

III.

Vayamos a lo que Marta llama la “decisión”, (y nosotros experimentamos más bien como “indecisión”). ¿Cómo surge, a qué llamamos y de qué está hecha la MI? Responder esta pregunta sería un poco como contar la historia del Colectivo. Pero tal historia no existe. En su lugar –a lo sumo–, se puede forzar la cosa y reconstruir una breve trayectoria. ¿Pero cómo hacerlo? ¿Cómo decir algo interesante sobre cuestiones tan domésticas?

Por razones muy complejas –y suponemos muy frecuentes– hacia fines de los años ´90 un grupo de compañeros comenzamos a revisar lo que había sido –y aún era– nuestra experiencia conjunta, y encontramos dos cuestiones con las que saldar cuentas: de un lado, el compromiso militante como elemento directamente político y la eficacia de nuestra experiencia de entonces; por otra parte, nuestro vínculo con la universidad y los procesos de generación de conocimiento. Esta doble problematización es un buen punto de partida.

El grupo, entonces, se desarrolla revisando esta doble faz de su existencia: aquella que surgía de revisar la propia práctica militante, y aquella otra que se preguntaba por los modos en que la práctica política se vincula “desde adentro” con la producción de saberes efectivos.

Había dos figuras que interrogar: de un lado, los restos del “militante triste”, como le llama Miguel Benasayag[6] (quien fue clave en este período de elaboración, y en muchas de las nociones que utilizamos para pensar nuestras propias “decisiones”) que vive “bajando línea”, y reservando para él un saber sobre lo que debería pasar en la situación a la que se acerca siempre desde afuera, de modo instrumental y transitivo (toda situación vale como momento de una estrategia general que la abarca), porque su fidelidad es ante todo ideológica, previa a toda situación.

La otra figura a problematizar era la del “investigador universitario”, desapegado, inmodificable, que se vincula con lo investigado como con un objeto de análisis cuyo valor se relaciona estrictamente con su capacidad de confirmar sus tesis previas. Aquí también la fidelidad a los procedimientos institucionales, universitarios o para-universitarios, elude todo compromiso con la situación.

Se trataba, en fin, de transformar los propios fundamentos de nuestra práctica, los supuestos sobre los cuales se sostiene una intervención. Podemos identificar aquí, entonces, una primer decisión: la de crear una práctica capaz de articular implicancia y pensamiento.

Esta (in)decisión, a su vez, implicó toda una serie de resoluciones operativas: debimos reorganizarnos como un grupo más pequeño, basado en una intensa afinidad afectiva como fundamento de un mayor compromiso (y una productividad más elevada), y reorganizar también todo nuestro modo de trabajo. Este proceso, que culminó en la formación del colectivo, se tornó frenético durante los años 1999 y 2000.

¿Qué quería decir, en términos prácticos, desde entonces y para nosotros, MI? Que la política abandonaba al poder como imagen en la cual reconocerse y hallaba en el pensamiento un interlocutor más potente. Y que nuestro modo de pensar se emparentaba –precisamente– con prácticas. Que el pensamiento y la política dependían de la capacidad de experiencia, de implicancia, de encuentro. Y que el sujeto de conocimiento o de la acción política no podía ser concebido como trascendente respecto de las situaciones, sino que se nos hacía presente como el efecto de estos encuentros. Si hubo una decisión bisagra, en este sentido, fue la de pensar “en y desde” la situación; es decir, sin concebir prácticas, teorías ni sujetos “a priori”.

El surgimiento del CS estuvo directamente vinculado al de otras prácticas que fueron emergiendo durante fines de los ´90 en la Argentina como causa y producto de la crisis social[7] y política que se estaba gestando desde entonces[8].

A partir de allí nos vimos envueltos en la dinámica hiper-acelerada de la crisis (cuyo punto culmine fueron los acontecimientos de los días 19 y 20 de diciembre del 2001), y con las transformaciones vertiginosas que se fueron produciendo en el país. En este contexto tan variable fuimos desarrollando algunas hipótesis de trabajo tal vez precarias pero aptas al menos para poder participar de este proceso –aún abierto, bajo formas muy ambivalentes– de modo activo.

Llegados a este punto del relato quizás resulte productivo plantear alguna de las preguntas que nos formulamos para medir la problematicidad que organizó este trayecto evitando una historia de las “decisiones felices”, que borraría toda marca real del trabajo concreto. Y bien: ¿con qué dispositivos perceptivos y conceptuales captar la emergencia de estos nuevos elementos de sociabilidad si ellos demandan precisamente de una nueva disposición del sentir y del pensar? ¿Y cómo vincularnos con la fragilidad de este surgimiento favoreciendo su desarrollo y no contribuyendo a neutralizarlo aún contra nuestras intenciones? ¿De qué grado de ignorancia es preciso armarse para hacer de la investigación un auténtico organizador de nuestras prácticas y no una mera cobertura táctica?

Según Marta, en la experiencia en PAD, “el motor de nuestra Investigación Militante es un deseo de lo común cuando lo común está hecho pedazos. Es por eso que tiene, para nosotros, una función preformativa-conectiva: algo así como una actividad de woobly comunicativo, de tejedora de territorialidades afectivo-lingüísticas.”

Este motor que mueve a las PAD, esta búsqueda de “lo común hecho pedazos”, constituye para nosotros una cuestión fundamental: ¿cómo producir consistencia entre experiencias de un contrapoder que ya no surge espontáneamente unificado, ni desea una unión exterior, impuesta, estatal? ¿Cómo articular los puntos de potencia y creación sin gestar una unidad jerarquizante que se encargue de “pensar” por “todos”, de “dirigir” a “todos”?¿Cómo trazar líneas de resonancia al interior de las redes resistentes sin subordinar ni subordinarse?

La MI, entonces, se va configurando, entre nosotros al menos, como un conjunto de operaciones frente a problemas concretos (o conjunto de angustias que por terquedad se van tornando interrogaciones productivas): ¿cómo trazar vínculos capaces de alterar nuestras subjetividades y hallar cierta comunidad en medio de la radical dispersión actual? ¿Cómo provocar intervenciones que fortalezcan la horizontalidad y las resonancias evitando tanto el centralismo jerarquizante como la pura fragmentación? Y siguiendo por esta línea: ¿cómo co-elaborar un pensamiento común con experiencias que vienen elaborando prácticas hiper-inteligentes?, ¿cómo producir auténticas composiciones, pistas que luego circulen por la red difusa del contrapoder, sin percibirse como alguien exterior a la experiencia de pensamiento, pero a la vez, sin fusionarse con una(s) experiencia(s) que no es/son directamente la(s) propia(s)? ¿Cómo abastecernos, en una autonomía organizativa para concretar cada uno de nuestros proyectos? ¿Cómo evitar la ideologización, la idealización con la que nuestra época recibe todo lo que genera interés? ¿Qué tipo de escritura hace justicia a lo que se produce en una situación singular? ¿Y qué hacer con la amistad que surge de estos encuentros? ¿Cómo se sigue? Y, finalmente, ¿qué hacer con nosotros mismos, si con cada una de estas experiencias de composición nos vamos alejando más y más sin ya tener retorno a nuestras subjetividades iniciales?

La lista de estas (in)decisiones da una idea del conjunto de problemas que se plantean una y otra vez con experiencias de las más diversas. Los amigos de la Universidad Trashumante dicen que ellos cuando comienzan un taller saben “cómo empezar, pero nunca cómo terminar”. Si hay una (in)decisión productiva es –precisamente– la de no saber de antemano cómo se atravesarán todas estas cuestiones y, a la vez, estar muy dispuestos a que éstas sean planteadas una y otra vez: al punto en que la ausencia de esta insistencia habla más de la caída de la experiencia en curso que de una maduración -o “superación”- de la misma.

En efecto, la consistencia de la experiencia que sigue al encuentro se juega en estos procedimientos más que en la invocación de un ideal común. En nuestra experiencia de MI ha resultado fundamental la labor de disolver la ideología como cemento constituyente de cohesión (sea “autonomista”, “horizontalista”, “situacionista” o de lo “múltiple”). La idealización, en nuestro contexto, es una fuerza destructiva. Se coloca una experiencia real, contradictoria, rica y siempre conflictiva, en el pedestal unidimensional del ideal redentor. Se idealizan las operaciones que permiten a la experiencia producir existencia. Luego se la transforma en “buena forma” a aplicar en todo tiempo y lugar, como un nuevo conjunto de principios a priori. Se le pide, luego, ser capaz de confirmar este ideal de cada quien. La fragilidad de la experiencia tensiona. ¿Cómo sostener esa carga? Luego, claro, viene la decepción y con ella se continúa la destrucción: “creí que esta vez sí era, pero sólo era una estafa”. ¿Qué hacer frente a este mecanismo de adhesiones y rechazos masivos que elevan y destronan experiencias radicales repitiendo los mecanismos consumistas de la sociedad del espectáculo? ¿Con qué recursos contamos para atender este frente inesperado de la exterioridad a que nos somete el ideal? ¿Qué modos efectivos de implicancia nos colocan en el interior de estos procedimientos: en su realidad y ya no en su idealidad?

En efecto, en nuestra experiencia existe un componente muy fuerte de pensar contra los ideales en su función de promesa. Es decir: ¿cómo trabajar a partir de la potencia de lo que es y no a partir de la diferencia entre lo que es y lo que “debería ser” (ideal)? Sobre todo cuando el ideal es una proyección personal, más o menos arbitraria, y a la cual nadie tiene por qué adecuarse. La MI no extrae el compromiso de un modelo de futuro, sino de una búsqueda de la potencia en el presente. De allí que el combate más serio sea contra los “a priori”. Contra los esquemas predefinidos. Combatir los a priori, entonces, no implica dar por muerto ningún tramo de la realidad. No precisamos de muerte alguna. Sí implica, en cambio, una revisión introspectiva permanente sobre el tipo de percepciones que estamos poniendo en juego en cada situación.

La labor de la MI, nos parece, se vincula a la construcción de una nueva percepción, un nuevo estilo de trabajo, para sintonizar y potenciar los elementos de una nueva sociabilidad. La figura sería, tal vez, la arcilla: la capacidad de recibir afecciones sin oponer resistencias, para comprender el juego real de las potencias. No se trata entonces de configurar un centro pensante de las prácticas de la radicalidad, sino de elaborar un estilo que nos permita volvernos inmanentes a esta multiplicidad, sin ser interiores a cada múltiple: un múltiple entre múltiples, un oficio que, haciendo lo propio, tiene que ver con los demás.

Se comprenderá entonces que la principal (in)decisión de la MI es compartida por la multiplicidad en la que funciona , y no pertenece (salvo en la fantasía) al grupo que se declara investigador, como si existiese antes y por fuera de ese múltiple.

IV.

Como advertimos desde el comienzo del texto (y de nuestra propia experiencia como colectivo) no hay “procedimientos” fuera de la situación. Hacer un relato sobre las actividades que realiza el colectivo, una formalización de sus “saberes” sería tan poco procedente como hacer un “manual” sobre MI, y eso – que sería de una pobreza total – no está en la cabeza de nadie.

Cuando uno mira para atrás y observa el trabajo realizado las cosas aparecen investidas de una coherencia y funcionalidad que no tuvieron de ningún modo en su producción misma, y ese recuerdo, esa insistencia “antiutilitaria” es vital para el desarrollo de la MI, al menos para nosotros.

Cuando hablamos de “talleres” y “publicaciones” como prácticas del colectivo, nos vemos de inmediato en la necesidad de recordar que no existen tales “talleres”, sino un conglomerado heterogéneo de reuniones sin más hilo de coherencia que los que de pronto brotan del caos y sin conocer exactamente qué desarrollo podremos darle. Algo semejante sucede con las publicaciones: ellas surgen como necesidades provisorias de invocar la presencia de otras experiencias con quienes prolongarnos, pero no representan un estadio necesario de un sistema más vasto.

Así que, “sabemos sólo como comenzar”. Y esto muy relativamente. De hecho, todos los procedimientos (dispositivos) que preparamos suelen mostrarse auténticamente improcedentes ante la textura de la situación concreta. Así, las condiciones mismas del encuentro vienen como anticipadas por la voluntad conjunta de co-investigar, no importa bien qué (el tema puede variar), con tal de que en ese “viaje” se experimenten modificaciones contundentes, es decir, que se salga de allí con nuevas capacidades de potenciar prácticas.

Sea, entonces, lo que sea que opere como fijación de condiciones, existe una primer funcionalidad del taller: producir un “desenganche” (en cada reunión, una y otra vez) de la espacialidad y la velocidad inmediata, cotidiana. La disposición a pensar surge de permitir que sea el propio pensamiento quien espacialice y temporalice según sus propios requerimientos.

Según Marta, existe en esta “búsqueda en el entorno de experiencias de autoorganización, en el acercamiento a ellas para proponer un trabajo en común, un problema inmediato que se presenta: el de la exterioridad (suya) con respecto a la realidad a la que se acercan, más aún cuando su condición y su biografía es tan distinta a aquella de la gente con la que se ponen en contacto. De hecho, romper con la separación entre “nosotros” y “ellos” es uno de los retos fundamentales de sus talleres.” Sobre todo si estos encuentros están animados por la “búsqueda de una radicalidad que no se diga desde lo alto, que aferre la superficie de lo real, una práctica de interrogación de sí, de detección de problemas y lanzamiento de hipótesis (siempre desde las prácticas) que sería el “hardcore” de la investigación militante.”

Pero ¿es así? ¿la diferencia conduce inevitablemente a la distancia? ¿De qué distancias y diferencias estamos hablando? Y la imagen del acercamiento, ¿a qué percepción remite?

Podríamos llamar “procedimientos”, precisamente, a aquellas “puestas en práctica” que surgen de las preguntas sobre cómo se asume la existencia de las diferencias. ¿Cómo se construye un nosotros del pensamiento, por más transitorio que éste sea? ¿Cómo se traza un plano común como condición, aunque sea más o menos efímera, de una producción conjunta? Estas preguntas valen tanto para las experiencias aparentemente más “cercanas” como las supuestamente más “lejanas”.

El movimiento del encuentro, entonces, no es tanto de acercamiento como de elaboración de un plano común. Y remite a una escena más compleja, en la que la medida mutua de las “distancias” y “cercanías” (los “adentro” y “afuera”) no deben considerarse sólo con respecto a los puntos iniciales (de partida) sino también – y sobre todo – con respecto al trazado o no del propio plano (que incluye avances y retrocesos, entusiasmos y desconfianzas, períodos de producción y lagunas depresivas).

Plano difícil de trazar, sin dudas: el contrapoder no existe sino como un pliegue o anudamiento entre experiencias heterogéneas. Una dinámica territorial y otras más desterritorializadas. Así, el territorio se empobrece y las experiencias más desterritorializadas se virtualizan sin este tejido común (sin este encuentro entre ambos). Espacialidad desterritorializada y modos territoriales son polos interiores del pliegue del contrapoder y su anudamiento es una de las cuestiones fundamentales de la nueva radicalidad. Las experiencias más ligadas al territorio -más “concentradas”-, y las más “difusas” -más nómades-, en su diferencia dinámica, pueden articularse, combinarse e interactuar como instancias de una ocupación de lo público por parte del contrapoder.

La(s) diferencia(s), entonces requiere(n) ser interrogada(s) más a fondo. De un lado, claro, existen y son evidentes. La imposibilidad posmoderna de la experiencia se nutre de esta “fiesta de la diferencia” (que en rigor se torna “indiferencia”, dispersión). Pero ello no nos dice nada de las posibilidades de articulación de tales diferencias.

Más aún, podríamos preguntarnos si una experiencia no tiene valor de tal –y en ese sentido un profundo carácter político- precisamente cuando logra suspender este sucederse indiferente de las diferencias. Cuando logra producir una conjunción (o plano) capaz de substraerse a la “lógica de la pura heterogeneidad” (que dice “las diferencias separan” y “no hay conexión posible en la diferencia indiferente”). Experiencia –o situación- entonces, sería aquello que se funda en la articulación de puntos (todo lo relativos que se quiera) de una cierta homogeneidad. No se trata ni de borrar, ni disimular las diferencias, sino de convocarlas desde el planteamiento de ciertos problemas comunes.

Volvamos a Marta: “me pregunto si también se interrogan sobre su propia composición y biografía, sobre la posición de sus iguales, y si a esta investigación militante con otros no precede o acompaña un autoanálisis, más que nada para no caer en la trampa de un desplazamiento que evita cuestionarse la propia vida y las propias prácticas (y que acaba introduciendo una escisión entre militancia y vida). En Precarias a la Deriva nos planteamos como primer problema volver a “partir de sí”, como una más, como una cualquiera (y no como Militantes con mayúsculas), para “salir de sí” (tanto del yo individual como del grupo identitario radical) y encontrarse con otras resistentes cualquiera (de ahí lo que decía más arriba de estar entre la exterioridad y la interioridad, en un nosotras dislocado)”.

Las PAD dicen “politizar la vida desde adentro”. Volver la vida misma -desde lo inmediato- algo político, es decir, comprometido. Nosotros lo formularíamos de otro modo: vivificar la política a partir de su inmersión en la existencia múltiple más inmediata. Usamos estas frases no sin cierta incomodidad porque suelen remitir a la idea de que “a la vida le falta algo”, “le falta estar bien organizada”. Quizás sea preferible hablar de una política que esté a la altura de la vida. Y aún así nos parece que no alcanza, pues preferimos sin dudar que la vida desordene a la política antes que una “buena política” logre ordenarla, desplazándola, proponiéndole problemas trascendentes, determinando “prioridades” y obligaciones.

Pero adentrémonos en las preguntas de Marta: ¿por qué el Colectivo Situaciones va a buscar sitios de intervención afuera? ¿qué verdad se espera hallar en gente diferente? ¿no se trata de una suerte de escape a la exigencia de politizar las “propias vidas” en lo que estas tienen de cotidianas? Aún más: ¿no hay en todo esto una renovación de la vieja militancia (la clásica exterioridad) bajo nuevas formas, en la medida en que –más allá de lenguajes y dispositivos recauchutados– se sigue yendo (“acercando a”) “desde afuera”, a “otros sitios” de los que se espera una solución más o menos mágica para la propia constitución subjetiva y política?

Estas preguntas serían retóricas si sólo las formuláramos para refutarlas. Resulta, sin embargo, que no es cierto que sean preguntas que puedan ser eliminadas de una vez. Ellas viven dentro nuestro y nos hablan de ciertas tendencias cuyo control escapa completamente a nuestras intenciones manifiestas. Una y otra vez debemos insistir sobre ellas, ya que no hay antídoto definitivo y, más aún, se trata de tendencias ampliamente favorecidas por la dinámica social dominante. De hecho, el principal valor que tiene el formularlas es obligarnos a trabajar a fondo la cuestión de la exterioridad.

Sin embargo, hay otra imagen que habría que considerar. No sólo la de puntos finitos escapando a su trágico destino de exterioridad radical, y produciendo simulacros de “interioridad” (la unión de lo “separado como separado” como dice Guy Debord), sino también la de los puntos que precisan (y trabajan para) hallar resonancias con las resonancias de otros[9]. La distinción puede parecer hueca, sin embargo, describe recorridos opuestos: mientras en la dispersión (exterioridad) las alternativas oscilan entre “fragmentación irremediable” o la “centralización necesaria”, desde el trazado del plano (una alternativa muy distinta a la de “dentro y fuera”), la consistencia remite a una transversalidad[10].

Claro que todavía quedaría por delante resistir a la acusación de “espontaneísmo”. Cosa curiosa esta, ya que lo espontáneo no es la composición sino –precisamente- la dispersión. Y la pregunta que nos hacemos es qué hacer frente a ella: ¿es la centralización la única alternativa viable?, ¿o la experiencia de lo común posee la suficiente fuerza como para prefigurar nuevos modos constituyentes del hacer?

Esta es una cuestión fundamental para la MI porque la elaboración del plano no es, justamente, espontánea, ni irreversible, sino que requiere de una fina y sostenida práctica (a lo que llamaríamos “procedimientos” y no podríamos definirlos abstractamente) de colaboración para hacer emerger este común en (y de) la diferencia (la inmanencia es una estrategia de corte en la exterioridad).

Así, podemos volver a la cuestión de la cotidianeidad a partir de esta persistente labor de construcción en un contexto de fragmentación. Nuestra obsesión por la composición se inscribe precisamente en esta preocupación por “nosotros mismos”, pero bajo un nuevo conjunto de supuestos: la superación de la diseminación no se resuelve por la vía de representación. La pregunta de la inmanencia, entonces, sería: ¿Cómo ser/con/otros?

Como en una fenomenología, podríamos entonces relatar el recorrido de la MI como el manifestarse de este rechazo a la exterioridad y al espectáculo junto con –y como procedimiento para- la producción de claves de composición, de construcción de modos de inmanencia[11].

Si un sentido posee para nosotros la experiencia colectiva, es -sobre todo- el modo en que nos posibilita afrontar, producir y habitar el contexto en el que vivimos-producimos de modo activo: ni como un “sujeto que sabe y explica”, ni en la pasividad individual posmoderna. Capacidad que se nos aparece como la de reconocerse como múltiple de una multiplicidad, y de asumir un cierto modo de ser de esa multiplicidad en los hechos.

De ahí que la MI tenga fuertes componentes existenciales[12]. Y que sea tan absurdo pretender que se constituya en “tarea” del movimiento (o, peor aún, en “la tarea fundamental”)[13].

Las preguntas de la MI no son sino las preguntas que se hacen cientos de grupos[14]: ¿qué nuevos elementos de sociabilidad surgen? ¿cuáles persistirán o ¿persisten? y cuales se deshacen? ¿qué tipo de relación (barreras y puentes) trazan con las instancias estatales o mercantiles? ¿cómo surgen las nuevas resistencias? ¿qué problemas se plantean en los diferentes niveles?

Ubicados en este punto se puede percibir quizás la diferencia entre pensar la situación en su universalidad o simplemente asumirla en su escala local. Cuando hablamos de una situación hablamos del modo en que lo universal aparece en lo local, no de lo local como “parte” de lo global. De allí que la deriva de la situación sea mucho más interesante (sinuosa) que la mera localidad. Si lo local se define por un entorno fijo y unos recursos limitados y predefinidos, reduciendo sus alianzas a los puntos vecinos, lo situacional se produce de modo activo, indeterminando sus dimensiones, y multiplicando sus recursos. A diferencia de lo local, lo situacional amplía las capacidades de composición-afección[15].

V.

Si la “exterioridad” nombra la imposibilidad espacial de la conexión, la dispersión se produce en el plano de la temporalidad, por aceleración, impidiendo encontrar un punto de detención, de elaboración. En cualquier caso, las preguntas parecen ser: ¿en qué consiste una política en este contexto (un “política nocturna”, como dice Mar Traful)[16]?, ¿poseen nuestras prácticas elementos lo suficientemente potentes como para tornarse constituyentes de experiencia, de una nueva política?, ¿cuáles son los modos de “medir” tal eficacia?

En todo caso, si estas preguntas surgen (como decía Marx) es porque existen elementos prácticos que las justifican. Pero no las explican ni las desarrollan. Esa tarea permanece abierta.

Una política de nuevo tipo: ¿qué será? Y más específicamente: ¿qué tipo de exigencias plantea la posibilidad de una nueva comprensión de lo político a la MI? ¿y qué puede aportar la experiencia de la MI a esta comprensión?

Desde nuestro ángulo, estas preguntas refieren a las formas de eficacia de la acción: ¿qué tipo de intervención construye?, ¿de qué depende la potencia del acto?

La MI experimenta, como hemos dicho, el desarrollo de nuevos módulos de espacio-tiempo. Experimenta el agenciamiento de elementos heterogéneos en puntos de homogeneidad que tornan elaborable la experiencia dispersiva (desierto) y produce nociones de composición (más allá del discurso de la comunicación).

En una situación concreta, solemos decirnos, la inteligencia no brota de la erudición ni de la agilidad mental pura sino de la capacidad de implicancia. Del mismo modo que la estupidez puede explicarse por modos muy concretos de la distracción[17]. De aquí la posibilidad de establecer un vínculo concreto entre la trama-afectiva que opera en una situación y su productividad operativa .

Así, lo que determina la eficacia del acto no es tanto el número, la cantidad o la masividad (capacidad de agregación) cuanto la aptitud de composición de las nuevas relaciones (capacidad de consistencia).

Como resulta evidente, lo que estamos planteando se vincula con una situación muy concreta: la crisis argentina actual. Aquí un desierto recorrido por violentos vientos neoliberales fulminó los vínculos producidos y agudizó todo el proceso de dispersión al que venimos haciendo referencia. Las experiencias comprometidas en el desarrollo de un contrapoder experimentaron esta tensión entre la configuración de nuevos vínculos y la exigencia de una contención masiva. Esta tensión, de hecho, se manifestó como una contradicción entre la presencia cuantitativa (de elementos dispersos a la espera de ser reunidos) y la necesidad de un sistema de nuevas relaciones capaces de sostener este proceso de agregación, ya no como mera reunión de lo disperso sino como configuración activa, de nuevo tipo.

De hecho, uno de los rasgos de la Argentina durante los últimos meses es precisamente, el modo en que el crecimiento meteórico experimentado por numerosos agrupamientos sociales es seguido de inmediato por una rápida degradación. No se trata, entonces, de algún tipo impugnación absurda de las acciones u organizaciones masivas[18], cuanto de una interrogación por los criterios que tornan influyentes las experiencias.

Seguramente no exista un único criterio válido al respecto. Cada experiencia de lucha y creación precisa producir sus propios recursos y procedimientos. Sólo pretendemos dejar planteada la siguiente cuestión: ¿qué le agrega la “agregación” a la composición, siendo que esta última –a diferencia de la primera– organiza a las personas y a los recursos convocados según ciertas relaciones constituyentes? (siendo esto válido a cualquier escala numérica o geográfica).

Hasta siempre,

Colectivo Situaciones,

Buenos Aires, 29 de febrero de 2004

[1] “Notas al pié” refiere literalmente a un segundo nivel de escritura de este artículo en el que las llamadas al pié de página no constituyen un juego complementario de referencias sino una articulación fundamental con el cuerpo central del texto.

[2] Prólogo del libro Hipótesis 891. Mas allá de los piquetes, del Colectivo Situaciones y el Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de Solano; De mano en mano, Bs. As., 2002.

[3] El intercambio se produjo durante el último trimestre del 2003 y, como queda dicho, constituye la base de este texto. En nuestra experiencia la amistad-productiva resulta la mayor fuentes de inspiración, con el adicional de proporcionarnos las mayores satisfacciones.

[4] Muchas de las cuales pueden encontrarse en nuestra página web: http://www.situaciones.org

[5] Marta interroga ante a estas cavilaciones: “¿cómo es que no creen en comunicar y publican textos?” Para separarnos de la imagen alienante de la comunicación, en su versión más ingenua como mensaje de una conciencia a otra, suponemos que la escritura, implicada en una práctica, en un pensamiento vivo, conmueve particularmente a quien busca. Vivimos la publicación más como una búsqueda de (producir-recibir) resonancias, que como la transmisión de mensajes. El objetivo último de la publicación, en nuestro caso, es prolongar la experimentación ligando con quienes experimentan en otros lados. Vínculo éste incompatible con la pura “voluntad de comunicar”.

[6] La noción misma del Militante de Investigación surge, para nosotros, del encuentro con Miguel. Ver: Miguel Benasayag y Diego Sztulwark, Política y situación. De la potencia al contrapoder, Ediciones De mano en mano, Bs. As., 2000. Más tarde publicado en francés e italiano bajo el nombre de Contrapoder.

[7] Y, sin embargo, no resulta productivo reducir la presentación de estas experiencias a su relación –sea de causa, sea de efecto- con la posterior crisis social y política argentina. De hecho, todas estas experiencias venían produciendo una elaboración de larga duración cuyo punto de origen fundamental se hallaba en el fracaso de la revolución de los 70. En relación a este balance –en el que se trataba de continuar un compromiso pero rediscutiendo ampliamente las condiciones y procedimientos- se fueron recreando ideas y modos de encarar las luchas por parte de una amplia gama de compañeros. En esta trama se inscribe nuestra participación, entonces, en la Cátedra Libre Che Guevara.

[8]  Nuestras primeras actividades tuvieron que ver con la articulación de encuentros con la experiencia de los escraches de H.I.J.O.S, con el MLN-Tupamaros, con el Movimiento de Campesinos de Santiago del Estero -MOCASE- y con el Movimiento de Trabajadores Desocupados –MTD- de Solano.

[9] Fuera y dentro no remiten, claro, a una espacialidad predefinida sino a modos inmanentes o trascendentes de concebir el vínculo: cuando nos vinculamos con otros que buscan crear nuevos mundos ¿estamos buscando afuera? O, de otra forma: ¿qué hacer si esos”otros mundos” ya existiesen en proceso de creación, en actos de resistencia? ¿sacrificaríamos nuestro ser común con ellos en nombre de una vecindad puramente física determinada por criterios burdamente espaciales?

[10] Lo que ayuda a comprender el horizonte no institucional de la MI.

[11] En este sentido adquieren un valor muy preciso tanto los saberes producidos como las preguntas actuales sobre la construcción en redes: ¿No es válido buscar formas transversales de composición que articulen distintas experiencias a partir de lo que ellas mismas tienen para disponer (y defender) en común?: resulta claro que estas experiencias en redes suelen ser muy útiles para conocer(nos) y relacionar(nos), pero ¿qué sucede cuando se llega al límite de las tensiones que una red puede generar? ¿no es preciso entonces descentrar las redes, producir nuevos núcleos, concebir planos heterogéneos, abrirse a los tramos no explicitados de cada red?

[12] Llamamos enamoramiento o amistad al sentimiento que acompaña y engloba a la composición. Y experimentamos la MI, precisamente, como la percepción de que algo se forma entre nosotros y en otros, aunque sea por un rato; sobre todo cuando ese rato no se pierde en el anonimato sino que da a lugar a otros momentos, y la memoria que resulta de tal sucesión, se constituye en “recurso productivo” de la situación. Esta es la sensación más insistente que tenemos de lo que significa, concretamente, devenir “algo más”.

[13] Sobre todo si se considera hasta qué punto la MI no se propone “organizar a otros”. No porque se renuncie a la organización -no hay MI sin altos niveles de organización- sino porque su problema se plantea en términos de una autoorganización que colabora con la autoorganización de redes.

[14]  Problemas comunes frente a los cuales no hay una distinción sujeto-objeto. Investigador es quien participa de la problematización. Y el objeto de la investigación son los problemas, los modos de plantearlos, y la autoinvestigación sobre las disposiciones para realizar tales planteos.

[15] El propio intercambio con Precarias a la Deriva tiene para nosotros un valor inmediato fundamental. Más aún: los intercambios sostenidos como base de este artículo han dejado la huella de cierto estilo de trabajo que es preciso profundizar y, en este sentido, no presentan mayores distancias con eso a lo que llamamos “talleres”. Los “talleres” son, pues así nomás. No se constituye -ni aspiran a hacerlo- en Estado Mayor de la situación: se conforman a partir de un punto de encuentro capaz de pensar y, en el mejor de los casos, elaborar hipótesis prácticas con fuerza de intervención.

[16] Por una política nocturna; Editorial Debate, Barcelona 2002.

[17] Ver al respecto las interesantísimas lecciones de Joseph Jacotot, que nos acerca Rancière en un libro clave para nosotros: El maestro ignorante, Laertes, 2003.

[18] Resulta indudable que las acciones insurreccionales del diciembre del 2001 argentino abrieron un campo nuevo y fértil de acciones y debates de todo tipo y, más cerca aún, la misma secuencia aparece potenciada con las revueltas producidas durante el año 2003 en Bolivia.

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